1. ¿Qué le da actualidad a un pensador ya fallecido? Sin duda, la reimpresión de sus obras: la lectura o relectura de sus libros. Los textos de Friedrich Nietzsche, por ejemplo, se reeditan constantemente en diferentes sellos. En nuestro país, Alianza editorial, Biblioteca Nueva, Akal o Alba, entre otras, nos devuelven las obras de aquel filósofo: y dicha coincidencia no es una rareza española, desde luego. ¿A qué se debe? Esa vuelta puede ser algo puramente académico: por ejemplo, convertidos en referentes del canon, este o aquel pensador podrían regresar sólo porque los sabios y los eruditos hacen de ellos objeto de especulación, de análisis o de erudición. Como preceptores que tutelan, los maestros indicarían a sus alumnos lo que hay que saber… En ese caso, al viejo pensador se le tomaría propiamente como clásico o legado que preservar, haciendo que sus piezas sirvieran para examen de los discípulos. Uno se prueba en las obras eximias y con su examen verifica el grado de conocimiento adquirido: prácticamente convertidas dichas obras en libros de texto, en manuales que compendian el saber del que el alumno debe dar cuenta, pierden quizá su intención original, aquel objeto para el que fueron escritas. ¿Y eso es malo? No necesariamente: aprender algo, algo ventajoso, algo de otra época, algo incluso antiguo e inservible, algo que nos desmiente, es hoy muy recomendable.
El espíritu de nuestro tiempo premia lo útil, lo breve, lo escueto, lo poco duradero. Todo se agota –se agota en su función– y pronto es reemplazado: como si lo que sigue fuera realmente nuevo e interesante. A los jóvenes de otro tiempo los domaban a mamporros o con la historia, con ese patrimonio al que se debían y que era corsé: una forma de ahormarlos, de sujetarlos más allá del instante creador, de la potencia del momento, del presente como estallido. Nietzsche deploró ese uso y abuso de la historia, ese pasado en el que presuntamente deberían inmolarse los muchachos vigorosos que irrumpen en la vida. La lección de Nietzsche sigue vigente, desde luego. Así lo creo: cada vez que nos saquen lo pretérito como obligación deberíamos oponernos, resistirnos; deberíamos reclamar nuestra vida irremplazable, incomparable. Por eso, sigo pensando frente a todo nacionalismo o colectivismo que hay que oponerse a la Historia, a la Historia como patrimonio que te fuerza.
Hoy, sin embargo, en la época de Internet y del acceso instantáneo a la información, la tendencia se está invirtiendo: el sentido común celebra el puro presente, la vida que no dura y que se consume en el acto. Todo accesible y sin freno: eso es lo que se nos promete. La publicidad y las utopías telemáticas nos muestran un mundo de información absoluta, de lujos virtuales, de ocios instantáneos, de reparación inmediata. ¿Qué hacer? La escuela, el instituto o la universidad tienen serias dificultades para competir con la información electrónica, con la seducción virtual. Hay que repensar la instrucción, desde luego, y hay que repensar de qué modo establecemos criterios de educación. Criterios: no mera información. El profesor no puede permanecer ciego o rebelde a lo que le toca: incurriría en el olvido del presente para refugiarse en lo pretérito, cosa que deploraría Nietzsche. Pero tampoco podemos celebrar bobaliconamente el presente devastador. Por eso, para depurarme, me entregado durante unas horas a una lectura que contraría: Nietzsche. Un ensayo sobre el radicalismo aristocrático, de Georg Brandes , un contemporáneo del filósofo… Lo edita SextoPiso, un sello mexicano que se asienta en España. Este libro es felizmente inactual, intempestivo del todo.
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2. Admito mi ignorancia culpable: hasta hace poco desconocía completamente quién era Georg Brandes, un erudito danés de origen judío que publicara diferentes obras críticas. Nació en 1842 en Copenhague y murió en la misma ciudad en 1927. Allí hizo estudios de derecho y filosofía y, a lo que nos dicen sus biógrafos, bien pronto se manifestó como un espíritu cosmopolita, radical, crítico, empeñoso, un espíritu renovador de la cultura y de la literatura danesas. Estuvo influido por Hippolyte Taine y por John Stuart Mill (el gran Stuart Mill) y en su etapa docente, como profesor en la Universidad de Copenhague, fue el difusor del realismo en la literatura. Fue amigo de Henrik Ibsen, fue amigo de August Strindberg y también puede decirse que fue amigo de… Friedrich Nietzsche. Con este último mantuvo una correspondencia extraordinariamente interesante, informativa, reveladora de los estados de ánimo de ambos remitentes. Las cartas que se mandaron Brandes y el filósofo se reproducen en este volumen, cubriendo el período que va del 26 de noviembre de 1887 al 4 de enero de 1889. Además de esas misivas, el libro contiene un ensayo breve sobre las ideas de Nietzsche, sobre su gestación, sobre su elaboración prácticamente en tiempo real o, al menos, inmediatamente después de que se plasmaran en sus libros: conforme el pensamiento del alemán se derramaba en una prosa arrebatada, económica, metafórica, explosiva, tentativa, ensayística, fragmentaria, aforística. Me entusiasma la percepción clara, atinada, que de dicha obra tiene Brandes. Digo que me entusiasma porque vemos a un contemporáneo que sabe ver lo que un genio feliz y atormentado crea. No hay huella alguna de envidia o de servilismo en Brandes: se toma a Nietzsche como un nutriente, pero no para absorberlo desechando su restos, sino para elevarse leyéndolo, comentándolo, dudando, matizando, aprendiendo una lección de la que podrá sacar enseñanza. Tomar a los grandes como fuentes de la propia elevación es una decisión muy provechosa, muy sensata y, desde luego, dice mucho de quien no se resigna a la modestia adocenada de los tiempos. El presente no siempre nos procura modelos a partir de los cuales aprender o discutir: también hay una vulgaridad poco exigente que amenaza con aplastarnos. Por su parte, la historia no es un cementerio de grandes monumentos: también es un depósito de mediocridades de las que conviene alejarse. Brandes supo ver en Nietzsche a un par al que aspirar, dicho así: aunque suene cacofónicamente erróneo.
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3. El subtítulo de la obra es aleccionador: un ensayo sobre el radicalismo aristocrático. Si es un ensayo, eso quiere decir que es un esbozo, que tiene la calidad de lo provisional, de lo fragmentario, de lo tentativo. Brandes no escribe una obra académica en la que se expresaría el estudioso que documenta al detalle cada una de sus afirmaciones. En realidad, escribe el amigo, el admirador, el corresponsal que se toma en serio el estímulo del filósofo. En ocasiones, cuando leemos a los grandes, vemos despertar en nosotros el entusiasmo del descubrimiento: no necesitamos ser pesadamente precisos ni tampoco necesitamos el pormenor erudito o el aparato crítico del sabio. Simplemente hay una página que nos provoca. Como la poesía que vence nuestra resistencia: es un acicate que nos lleva a glosar lo que acabamos de leer, deseosos de comunicarlo. O como cuando vemos una película que nos arrebata y necesitamos contar lo que nos maravilla. Algo semejante nos ocurre con los libros que nos conmueven. Pues bien, Brandes obra así: como un comentarista fervoroso que quiere pregonar a pesar de sus discrepancias. Pero, además, el ensayo no es un puro subjetivismo. Es un ejercicio de rigor en un terreno en el que no se tienen o no se quieren los recursos de la ciencia. Por eso, Brandes detalla casi casi en tiempo real su deslumbramiento nietzscheano. No lo sistematiza, dado que Nietzsche se opuso a toda sistematización. No lo simplifica: si tal cosa significa liquidar lo complejo, lo simultáneo, lo instantáneo, que es aquello que el filósofo celebró. Tampoco lo biografía: si eso implica aclarar con la vida las urgencias expresivas, las energías productoras de quien no supo ni quiso saber cuál era la fuente de su pulsión creadora. En realidad, lo que hace es escribir como si leyera: desordenadamente, fragmentariamente, en clave nietzscheana, con la recreación constante de lo mismo. ¿Y qué dice, qué halla?
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4. Brandes ve sobre todo a un inmoralista, a un crítico de esas certidumbres colectivas que se imponen al individuo nada más nacer. Una de ellas, tal vez la más importante, es la religión: esa comunidad moral de obediencia, de resignación, de compensación. Confiamos en el más allá para desentendernos del más acá. Y el más acá es lo inmediato sin sucesión, sin esperanza. Esperar es soportar la penalidad sin rebelarse. Nietzsche quiere ser extraño y quiere vivir como tal, sin Dios, de ahí que proclame su muerte. Los últimos años de su vida, el filósofo los pasará en Turín, solo: “soy la soledad hecha hombre”, admite. En efecto, los pasará frecuentemente aislado, agigantando su rebeldía o su megalomanía, según el diagnóstico apesadumbrado de Brandes. Los pasará luchando contra la resignación y el mañana…, hasta su crisis final, esa que tan bellamente narró Lesley Chamberlain en Nietzsche en Turín. El subtítulo inglés era exacto: The End of the Future. Tonta, pomposamente, el editor español cambió el enunciado para subtitularlo así: Los últimos días de lucidez de una mente privilegiada (1998). Chamberlain describía aquellas semanas anteriores al derrumbe, semanas febriles de cogitación constante. ¿Qué se había propuesto Nietzsche? Alzar la voz contra la moral, llevar a cabo la transvaloración de todos los valores, consumar el ataque a esas verdades colectivas y presuntas que nos aquietan, nos contienen, nos refinan, nos civilizan y nos domestican. Pero el de Nietzsche es un grito sin respuesta: contra esas hormas que nos ciñen deteniendo el crecimiento explosivo de cada uno en el instante, en un eterno retorno de lo mismo que es lo más parecido a la vida eterna. Explosivo, en efecto, el estallido de sí mismo… Eso es lo que busca por las calles de Turín.
Frente al inmoralista que no se atiene, frente al poeta que no se calla, frente al creador que no se resigna, que se consume forjando el tipo del superhombre, el resto de los individuos nos apañamos: nos vamos igualando, nos vamos pareciendo unos a otros, convertidos en masas, en nación, balando gregariamente, diría Nitezsche. Mientras tanto, la sociedad nos premia con la fijeza y con la estabilidad, con el plebeyismo, con un confort burgués que nos desindividualiza. Pero él no quiere ser así: no quiere vivir en la autocontención, aunque se equivoque, pues –como dice en alguna página– “los errores de los grandes hombres son dignos de veneración porque son más fecundos que las verdades de los pequeños”. Ahora bien, Nietzsche tal vez se equivocó al final: justamente cuando cayó derrumbado por la megalomanía, dice Brandes. “El hombre es sabio hasta que busca la verdad”, había recordado el filósofo, “pero cuando pretende haberla encontrado se convierte en un loco”. Brandes recibe cartas de Nietzsche y allí, en esa correspondencia, se aprecia el giro final: justamente cuando firma como el Crucificado o como el Anticristo. ¿Rebeldía adolescente mal curada? Es, sin duda, algo más importante que eso. Antes de consumarse y consumirse, Nietzsche se ha apartado de los saberes académicos y de las prácticas herrumbrosas que ordenan la filología, la historia, el arte, la ciencia. Pero no para caer en el mero solipsismo o en el estricto narcisismo: también el yo recibe su varapalo y con él los conceptos que lo anclan (la identidad, la pertenencia, la herencia). Nietzsche altera y trastorna: tomado a grandes dosis, purga y enajena; tomado en sorbitos, tonifica y estimula. Lejos de Nietzsche, instalado en Copenhague, Brandes supo evitar la ebriedad final.
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