PARTE 230 DEL LIBRO MAS ALLA DEL BIEN Y DEL MAL
Quizá no se entienda sin más lo que acabo de decir acerca de una «voluntad fundamental del espíritu»: permítaseme una aclaración. - Ese algo imperioso a lo que el pueblo llama «el espíritu» quiere ser señor y sentirse señor dentro de sí mis mo y a su alrededor: tiene voluntad de ir de la pluralidad a la simplicidad, una voluntad opresora, domeñadora, ávida de dominio y realmente dominadora. Sus necesidades y capa cidades son en esto las mismas que los fisiólogos atribuyen a todo lo que vive, crece y se multiplica. La fuerza del espíri tu para apropiarse de cosas ajenas se revela en una tendencia enérgica a asemejar lo nuevo a lo antiguo, a simplificar lo complejo, a pasar por alto o eliminar lo totalmente contra dictorio: de igual manera, el espíritu subraya, destaca de modo arbitrario y más fuerte, rectifica, falseándolos, deter minados rasgos y líneas de lo extraño, de todo fragmento de «mundo externo». Su propósito se orienta a incorporar a sí nuevas «experiencias», a ordenar cosas nuevas bajo órdenes antiguos, - es decir, al crecimiento, o dicho de modo aún más preciso, al sentimiento de la fuerza multiplicada. Al ser vicio de esa misma voluntad hállase también un instinto aparentemente contrario del espíritu, una súbita resolución de ignorar, de aislarse voluntariamente, un cerrar sus venta nas, un decir interiormente no a esta o a aquella cosa, un no dejar que nada se nos acerque, una especie de estado de de fensa contra muchas cosas de las que cabe tener un saber, un contentarse con la oscuridad, con el horizonte que nos aísla, un decir sí a la ignorancia y un darla por buena: todo lo cual es necesario, de acuerdo con el grado de nuestra propia fuer za de asimilación, de nuestra «fuerza digestiva», para hablar en imágenes - y en realidad a lo que más se asemeja «el espíri tu» es a un estómago'`.
Asimismo forma parte de lo dicho la ocasional voluntad del espíritu de dejarse engañar, acaso porque barrunte pícaramente que las cosas no son de este y el otro modo, que únicamente nosotros las consideramos de ese y el otro modo, un placer en toda inseguridad y equivoci dad, un exultante autodisfrute de la estrechez y clandestini dad voluntarias de un rincón, de lo demasiado cerca, de la fa chada, de lo agrandado, empequeñecido, desplazado, embellecido, un autodisfrute de la arbitrariedad de todas esas exteriorizaciones de poder. Forman, en fin, parte de lo dicho aquella prontitud del espíritu, que no deja de dar que pensar, para engañar a otros espíritus y disfrazarse ante ellos, aquella presión y empuje permanentes de un espíritu creador, configurador, transmutador: el espíritu goza aquí de su pluralidad de máscaras y de su astucia, goza también del sentimiento de su seguridad en ello, - ¡son cabalmente sus artes proteicas, en efecto, las que mejor lo defienden y es conden! - En contra de esa voluntad de apariencia, de sim plificación, de máscara, de manto, en suma, de superficie - pues toda superficie es un manto - actúa aquella sublime tendencia del hombre de conocimiento a tomar y querer to mar las cosas de un modo profundo, complejo, radical: es pecie de crueldad de la conciencia y el gusto intelectuales que todo pensador valiente reconocerá en sí mismo, supo niendo que, como es debido, haya endurecido y afilado du rante suficiente tiempo sus ojos para verse a sí mismo y esté habituado a la disciplina rigurosa, también a las palabras ri gurosas.
Ese pensador dirá: «hay algo cruel en la inclinación de mi espíritu»: - ¡que los virtuosos y amables intenten di suadirlo de ella! De hecho, más agradable de oír sería el que de nosotros - de nosotros los espíritus libres, muy libres - se dijese, se murmurase, se alabase que poseemos, por ejem plo, en lugar de crueldad, una «desenfrenada honestidad»: - ¿y acaso será eso lo que diga en realidad nuestra - fama pós tuma? Entretanto - pues hay tiempo hasta entonces - a lo que menos nos inclinaríamos nosotros sin duda es a ador narnos con tales brillos y guirnaldas morales de palabras: todo nuestro trabajo realizado hasta ahora nos quita las ga nas cabalmente de ese gusto y de su alegre exuberancia. Pa labras hermosas, resplandecientes, tintineantes, solemnes son: honestidad, amor a la verdad, amor a la sabiduría, in molación por el conocimiento, heroísmo del hombre veraz, - hay en ellas algo que hace hincharse a nuestro orgullo. Pero nosotros los eremitas y marmotas, nosotros hace ya mucho tiempo que nos hemos persuadido, en el secreto de una con ciencia de eremita, de que también ese digno adorno de pa labras forma parte de los viejos y mentidos adornos, cachi vaches y purpurinas de la inconsciente vanidad humana, y de que también bajo ese color y esa capa de pintura halaga dores tenemos que reconocer de nuevo el terrible texto bási co homo natura [el hombre naturaleza].
Retraducir, en efec to, el hombre a la naturaleza; adueñarse de las numerosas, vanidosas e ilusas interpretaciones y significaciones secun darias que han sido garabateadas y pintadas hasta ahora so bre aquel eterno texto básico homo natura; hacer que en lo sucesivo el hombre se enfrente al hombre de igual manera que hoy, endurecido en la disciplina de la ciencia, se enfrenta ya a la otra naturaleza con impertérritos ojos de Edipo y con tapados oídos de Ulises, sordo a las atrayentes melodías de todos los viejos cazapájaros metafísicos que durante dema siado tiempo le han estado soplando con su flauta: «¡Tú eres más! ¡Tú eres superior! ¡Tú eres de otra procedencia!» - qui zá sea ésta una tarea rara y loca, pero es una tarea - ¡quién lo negaría! ¿Por qué hemos elegido nosotros esa tarea loca? O hecha la pregunta de otro modo: «¿Por qué, en absoluto, el conocimiento?» - Todo el mundo nos preguntará por esto. Y nosotros, apremiados de ese modo, nosotros, que ya cien ve ces nos hemos preguntado a nosotros mismos precisamente eso, no hemos encontrado ni encontramos respuesta mejor que...
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